martes, 23 de marzo de 2010

La maldición de Dican (1)

Era el tercer día desde el enterramiento de Hugo y, poco a poco, Dican iba regresando a la normalidad y los vecinos retomaban sus quehaceres, teniendo todos la misma pregunta en su mente. ¿Qué será del molino?

Se habían acordado una serie de turnos provisionales entre los vecinos más cualificados de la aldea para mantenerlo en funcionamiento hasta que alguien pudiese dedicarse a la labor de forma permanente.
La vigilancia extraordinaria continuaba, registrando con minuciosidad a los viajeros y comerciantes que entraban y salían de la aldea. En resumen, todo el mundo estaba intranquilo.

Luna no había llamado a Plata en ese tiempo ya que no había ninguna novedad en la investigación que Shim y él llevaban a cabo.
Tras despertarse el día del entierro de un sueño que duró varias horas, registró la casa de nuevo sin encontrar nada que le fuese relevante o significativo. Así pues, retomó de nuevo sus guardias intentando volver, cuanto antes, a su rutina diaria.

Aun así, a pesar de dejar el tema de lado por falta de información y pistas que seguir, sentía una presión que le reconcomía al no poder cumplir su promesa de encontrar al culpable y averiguar su motivo, pero debía conformarse con recordar las palabras de Plata y asumir que no podría proteger a todo el mundo de todo y para siempre.

Se encontraba, en ese momento, subido en la copa de un gran árbol, reposando el almuerzo de media mañana, cuando escuchó a lo lejos el tañido de la campana de Dican. Extrañado, pues no era festivo ni correspondía acto solemne, meditó intentando averiguar el motivo del toque.
Descendió trepando por las ramas y el tronco y trotó, pues si corría con el estómago lleno se sentiría mal, hacia la aldea.

Varios metros más cerca pudo diferenciar el reclamo. Era el toque de alerta.

Entró en el momento en que los guardias estaban a punto de cerrar la puerta de la empalizada. Se dirigió a uno de ellos.
-¿Qué ocurre? -preguntó casi gritando. La gente parecía bastante alterada
-No lo se, Luna -respondió el soldado empujando la puerta para terminar de cerrarla- Kryed ha ordenado cerrar la aldea y están tocando alerta.
-¿No os han dicho nada?
-Que cuando cerremos nos aseguremos de que nadie entra ni sale -hizo un gesto de fastidio al no poder ser de más ayuda.
-Está bien -se resignó- Gracias Logan.

Ascendió presuroso entre la gente que corría a sus casas y cerraba puertas y ventanas. Por lo general, cuando tocaban alerta, es porque se avecinaba una gran tormenta, un ataque de carácter débil o se había recibido el aviso de una amenaza aun no confirmada.
Llegó hasta la casa de Shim, la cual encontró cerrada y la entrada custodiada por un muchacho provisto de un garrote.
-Shim dijo que vendrías aqui -le indicó a Luna cuando este se acercó- Me pidió que te esperase y te dijese que vayas a casa de Matt el carpintero y su familia.
-¿Sabes qué ha ocurrido? -preguntó desorientado
-No estoy seguro, pero creo que también han sido asesinados, porque Shim no dejaba de repetir "no es posible que ocurra de nuevo" y cosas así... -Luna permaneció en silencio ante el comentario- ¿Me puedo ir?
-Sí, vete a casa... gracias, chico -respondió en su mundo.

Tras varios segundos buscando sentidos a la frase de Shim que no tuviesen por qué referirse a lo que temía, se dirigió al lugar indicado, donde encontró un ambiente similar al de la otra noche.
Entre empujones apresurados y latidos violentos en su pecho a medida que se acercaba a la entrada, logró llegar a la puerta, custodiada igual por dos soldados que le dejaron el paso libre.
En el interior de la casa encontró algo que, a pesar de haberlo visto antes, le impactó más que nunca.
Julia, la mujer del carpintero y sus tres hijos, dos niñas y un niño, yacían en el suelo sobre cuatro grandes charcos de sangre.
En un rincón, Matt, el cabeza de familia, sollozaba sentado en un taburete y con la cara oculta tras sus grandes manos.

Shim se acercó a Luna, que había permanecido en la entrada de la casa inmovil e invadido por un ligero temblor y un sudor frío que se apoderaron de su cuerpo.
-Luna, hijo... -susurró Shim cogiéndole del brazo y llevándole hasta un banco- Te he hecho llamar porque espero que aqui encontremos al culpable... ¿te ves con fuerzas para investigar?
-Sí... solo dame un momento... -respondió intentando controlar el temblor- Voy a salir al jardín... por la puerta de atrás para... ya sabes... -mostró la empuñadura de su espada. Shim asintió.
-Ordenaré que la dejen pasar a la aldea y a la casa -respondió el anciano- También pueden dejar de tocar ya alerta. Creo que todos estamos avisados de que corremos peligro.

Luna salió al pequeño jardín trasero de la casa, donde el carpintero guardaba varios bloques de madera, troncos, figuras a medio tallar, muebles desmontados...
Caminó dominándose a sí mismo y recuperando la compostura y la rectitud. No era la primera vez que veía a varias personas fallecidas, pero si era la primera vez que esas personas eran niños.
Cuando se tranquilizó, desenvainó su espada, la clavó en el suelo y cerró los ojos.
"Plata, te necesito"
"Lo se. Estoy junto a la empalizada... he oido el toque de alerta"
"Shim va a dar la orden de que te dejen pasar. Aulla en la puerta que tengas más cerca y, después, ven a casa del carpintero"
"Estaré allí lo antes posible... Luna, ¿estás bien?"
"Tranquila, solo estoy... impactado. Te espero aqui"

Desclavó la espada de la tierra antes de que Plata pudiese seguir preguntando. En la conversación se le había cruzado la macabra imagen que acababa de presenciar. Seguramente Plata hubiese visto algo.

Regresó al interior de la casa, donde, esta vez, pudo empezar a registrarlo todo. Examinó la mesa con minuciosidad, pues los cuatro cuerpos yacían en torno a ella y, por la causa de la muerte que presentaban, al igual que la de Hugo, debía ser por veneno.
Sobre la tabla encontró un cuenco grande de barro que contenía algunas frutas, principalmente higos. Varias mondas de estos, se apilaban en cuatro pequeños montones, donde deberían haber estado sentados los inquilinos. También vio una jarra lechera, cuencos con restos de leche, un mendrugo de pan y varias migas esparcidas por la mesa... pan... la primera víctima... era el molinero...
-¡Shim, ven un momento! -reclamó desde la mesa
-¿Has encontrado algo? -preguntó el anciano mirando la mesa con curiosidad. Él mismo la había mirado antes sin dar con nada
-Creo que el veneno es el pan -expuso- Primero el molinero, que hace harina. Cuando registré su casa, lo que había comido era un estofado con pan y aqui estaban desayunando leche, frutas y pan.
-Es una buena observación -aprobó Shim ante el radiante muchacho- pero olvidas un detalle muy importante
-¿Cuál?
-Todo el pan de esta aldea nos lo suministran Bill y Loretta, los panaderos locales. Todos los habitantes de Dican comemos el pan salido del mismo horno y amasado por las mismas manos. Incluido este -cogió un pedazo y se lo llevó a la boca- Si el veneno fuese el pan, todos llevaríamos muertos varios días.
-Claro...
-Aparte de que Bill y Loretta son unas personas estupendas que no tienen motivos para acabar con la vida de nadie -remarcó.

Cogió la leche, mojó la yema de su dedo índice y la cató, no hayando nada extraño en su sabor o textura. Seguidamente, cogió una de las mondas de los higos y la olió no encontrando nada fuera de lo normal.
Estaba eligiendo uno de los higos del frutero para abrirlos cuando los guardias abrieron la puerta para dejar entrar a Plata. El carpintero hizo caso omiso de la llegada de la loba.
-Plata, ven aqui -pidió Luna dejando el higo de nuevo en el cuenco- Necesito que me digas si detectas algo extraño en estos alimentos.

La loba caminó despacio hacia su compañero emitiendo un ligero gimoteo. Podía sentir el dolor que, en pocas horas, se había concentrado en aquella casa. El dolor de las víctimas al ver arrancada su vida por sorpresa, por verse morir unos a otros de una forma tan violenta y cruel y el dolor que, en un instante, estaba soportando el carpintero que lloraba incrédulo en su rincón.
Cuando llegó, se puso a dos patas olfateando minuciosamente todo lo que reposaba en la mesa. Al igual que Luna, mojó la punta de la lengua en la leche descartando que se encontrase en ella el veneno. Finalmente se detuvo en el frutero.

"Está aquí" dijo en la mente de Luna
-¿Aquí? -señaló los higos- ¿Estás segura?
"Completamente. No huelo ningún veneno, sin embargo, ese no es el olor común de los higos. Sea lo que sea, estos higos no son buenos"
-Shim -llamó al anciano que les observaba desde la puerta- Lo tenemos
-Los higos, ¿no? -dijo desde su sitio. Luna asintió
-¡Kalek! -llamó a uno de los guardias que vigilaban la entrada. El guardia se asomó- Por favor, ve a casa de Leonor y dila que venga cuanto antes.

El soldado salió presuroso dejando el interior de la casa en silencio, desapareciendo incluso los sollozos de Matt.
-¿Cómo que la causa son los higos? -preguntó atónito- ¡Unos malos higos pueden dejarte mal del estómago unos días, pero nunca podrán hacer esto! -exclamó señalando los cadáveres de su familia
-Matt, no eran los higos, sino el veneno que contenían -explicó Shim
-¿Veneno?... ¿En la fruta?... ¿Y por qué querría Leonor envenenarme a mi y a mi familia?
-Eso es lo que queremos preguntarle ahora. Por eso la he hecho llamar.
-No lo entiendo... esta mañana... cuando los he comprado estaba... normal... alegre... como siempre, vamos... -miró al suelo con los ojos muy abiertos- Su familia y la mia siempre se han llevado bien desde que mi abuelo cercó las plantaciones del suyo para que no le robasen... Es... es imposible que...
-Lo aclararemos ahora en cuanto llegue, Matt. Solo te pido que me dejes hablar a mi y que no te dejes llevar por los impulsos.

Como respuesta, Matt volvió a ocultar su rostro entre las manos y sollozó con fuerza. Plata caminó hasta él, se sentó a su lado y aulló dolida.
En silencio, aguardaron la llegada de Kalek, el soldado, que no se hizo esperar.
-¡Shim! -exclamó entrando bruscamente en la casa- ¡Leonor también ha sido asesinada!

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